Archivo mensual: abril 2012

Historias de avión (por Rober Sinté)

“Tanto los optimistas como los pesimistas contribuyen a la sociedad. El optimista inventa el avión y el pesimista, el paracaídas.”

(George Bernard Shaw)

No es, en realidad, que me haya convertido en un viajero habitual, pero después de mis últimas experiencias me he dado cuenta de que viajar en avión es casi como viajar en el tiempo. Todo depende, claro, de en qué dirección te muevas. Pero esencialmente el resultado es el mismo: la sensación de haberse trasladado a un lugar y en un momento a los que no correspondes.

Escribo estas palabras mientras me encuentro rodeado de historias dispares. Viajo con destino a Madrid desde el otro lado del Atlántico y me doy cuenta de la cantidad de pensamientos que se acumulan en un tubo presurizado que en este momento, by the way, sobrevuela la costa este canadiense. Cuatrocientos pasajeros y en realidad a nadie le importa otro. Habrá familias que se reúnen, parejas que se separan, entrevistas de trabajo y quéseyo cuántos motivos. Pero aquí, ahora mismo, escuchando a Nacho Vegas recitar “El Angel Simón”, pienso en lo que siento y me da por sentir lo que pienso. Será la voz del asturiano, que me hace reflexionar. De hecho creo que así es; es de esos artistas que consiguen mantenerme en vilo cuando lo escucho sin importar el número de veces que haya oído la canción o que pueda tararearla o no de memoria. El caso es que me hace pensar.

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El Comemierdas de en medio

Estoy en su casa. Todo esta a oscuras. No espero que sea de otra manera. Bueno, en realidad no quiero que sea de otra manera ya que todo esto esta sucediendo en mi mente. Es mi manera de afrontar mis problemas, con ciertas personas.

A pesar de la oscuridad, y del desorden, no tengo problemas en moverme por ella. No he estado mas de dos o tres veces pero la recuerdo parte por parte de memoria. Puerta de entrada, giro a la derecha y esta el comedor. En el pasillo a la derecha una estantería con cosas, alguna foto, libros. Cosas. Oigo un ruido de pasos pequeños pero sigilosos. Aparece de debajo del sofá, no recuerdo el nombre del gato, nunca he sido bueno con los nombres. Me agacho para acariciarle y como siempre el maldito bicho me muerde la mano. Le doy un golpe en la cabeza y sale corriendo. Que de heridas me ha hecho otras veces y me las ha vuelto a hacer, parece que todo lo que la rodea me acaba haciendo daño.

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