Mi novio es un…

-…Zombie.

-¿Perdón? ¿Qué has dicho?-Alba se asustó al oír esa palabra al otro lado del teléfono. Se había distraído de la conversación y por un segundo no recordaba ni con quién estaba hablando.

-Que el programa había fallado por que el proceso que lo lleva se había quedado en estado Zombie. No te preocupes que ya lo he solucionado.

-¡Ah! Vale, gracias, Andrés. -Andrés era el informático que llevaba la asistencia técnica del laboratorio. No terminaba de congeniar con él, pero al menos hacia bien su trabajo.

-No hay por qué darlas. Por cierto, me entere de lo de Joaquín. Lo siento mucho. Si algún día necesitas hablar…

-No, gracias, estoy bien.-Le cortó bruscamente, estaba pasando su tolerancia de informático pesado.

-Ok -respondió dándose cuenta de que había tocado fibra.- Pues nada, cuídate, ya hablaremos en la próxima incidencia.

-Sí, claro.

Colgó el teléfono imaginándose que era una puerta y le daba con ella en las narices. No era mal chaval pero a veces podía ser un poco agobiante. Intentó volver al trabajo, esforzándose por lo que hacía pero la mente siempre le volvía a lo que le había dicho Andrés. Desde el accidente de Joaquín todo el mundo le hablaba y la trataba con pañuelos de seda, como si se fuera a romper. Si alguno de ellos supiera lo dura que estaba siendo y lo que llegaba a soportar no la tratarían con tanta condescendencia y compasión. Miró el reloj y aun eran las 17h. Era demasiado pronto para irse, aun tenía mucho trabajo por hacer y necesitaba que el laboratorio estuviera vacío antes de poder volver a casa, si no tendría que dar demasiadas explicaciones si alguien la veía con los paquetes que tenía que llevar a casa. Levantó de nuevo el teléfono y llamo a su casa. Sonó su propia voz en el contestador y esperó hasta que sonó el pitido:

-Hola, cariño, voy a llegar un poco más tarde a casa porque tengo que esperar a que se vacié el edificio para poder llevarte eso ¿vale? Un beso. Te quiero. -Colgó el teléfono y se obligó a seguir trabajando unas horas más.

Eran las 22h cuando llegó a casa. Lo primero que hizo fue ir al congelador de la cocina a guardar la cena para Joaquín. Conseguir el cadáver había sido cosa de él, Alba no quiso saber nada al respecto. Además, como él no podía salir a la calle por su aspecto, la que tendría que recogerlo iba a ser ella y tenía claro que no se iba a encargar de todo. Cargar con el cadáver de un adulto de 70 kilos no era fácil por mucho que lo despedazaras, parezca lo que parezca en las películas americanas. Abrió las dos bolsas que cargaba y fue guardando los trozos de cuerpo. No sabía ni el nombre del pobre desgraciado. Si el tipo había donado su cuerpo a la ciencia se iba a llevar un chasco, aunque en cierto modo sí que estaba sirviendo a la ciencia. Cuando terminó de guardar todo en el congelador fue a la habitación de Joaquín.

Cuando entró se encontró ropa tirada en el suelo y el ordenador encendido. Había vuelto a meter los altavoces en el arcón frigorífico. Le había dicho mil veces que no lo hiciera, que al final se iban a estropear, aunque en cierto modo le entendía; estar ahí dentro y no escuchar ni los latidos de tu propio corazón asustaría a cualquiera, más cuando te niegas a la idea de que estás muerto. Abrió la puerta y por un momento se preocupó cuando le vio. Estaba totalmente rígido y con la piel azulada. “No. Joder, otra vez no.” Se le había ido otra vez. Recordó cuando le encontró en la puerta del piso que compartían tres días después de que le enterraran, cubierto de tierra y sangre. Recordó como todo su mundo se había derrumbado y, en un segundo, se había convertido en una película de terror mala. Y ahora otra vez, volvía a perderlo. Se sentó en la silla de oficina que había en la habitación y se tapó la cara con las manos, intentando aguantar las lágrimas y obligando a su cabeza a buscar una solución cuando comenzó a escuchar una especia de gemido que venía del congelador.

-Nnngggeeennnggaaaa.-Saltó de la silla y miró a Joaquín con esperanza. Había abierto los ojos y los movía asustado.

-Cariño, ¿estás bien?

-Aaaauuuuuddaammeeee.-Intentaba decirla mientras estiraba los brazos. Ella tiró de él hacia fuera del arcón con todas sus fuerzas hasta que consiguió sacarle y dejarle sobre el suelo. Necesitaba calentarle, así que fue a por una manta, le tapó y se puso encima de él para darle más calor. Pasó un buen rato en el que ninguno de los dos se movió, hasta que Joaquín recupero la movilidad de su cuerpo y pudo abrazar a su chica.

-Lo siento nena, no pensaba que hubiera bajado tanto la temperatura.-Aún le crujía la mandíbula cuando hablaba.

-En cuanto te levantes del suelo quiero que la subas, no vuelvas a pegarme un susto así.- Movió un poco la cabeza y le dio un beso en los fríos labios. Él no lo sintió, pero igualmente le gustaba que lo hiciera. Ninguno se movió, solo se quedaron en silencio tumbados.

Mientras Alba se duchaba Joaquín se metió otra vez en su congelador, aunque antes había cambiado la temperatura para no le pasase otra vez lo mismo. Desde que volvió había procurado mantenerse el mayor tiempo posible allí para conservarse en unas condiciones más o menos aceptables. Algunas marcas de putrefacción se empezaban a hacer visibles y él intentaba escondérselas a Alba, y más o menos lo iba consiguiendo. Aunque lo peor era el olor. Había probado con colonias, ambientadores, incluso con inciensos por toda la casa, pero no había manera el olor era cada vez peor.

Lo último que Joaquín recordaba, antes de encontrarse de noche en la puerta de su piso cubierto de tierra y sangre, era pasear de noche con Alba cogidos de la mano y unas luces detrás de él que se acercaban a gran velocidad. El momento de levantarse y todo el viaje hasta que le encontró ella era una tormenta de imágenes, sonidos y sensaciones; todo mezclado y turbio como en una mala borrachera. Recordaba oír sus huesos partirse, pero sin dolor, al golpear la tapa del ataúd, el olor de la tierra húmeda a su alrededor mientras se movía a través de ella hacia la superficie. Recordaba oír un sonido a lo lejos y seguirlo como una polilla que siguiera una luz, cómo llegó hasta la fuente del sonido, el guarda encargado del cementerio que, creyendo que era un yonki, intento echarle y Joaquín le arranco la garganta, los intestinos y varias partes más del cuerpo. A partir de ahí los recuerdos se fueron haciendo más y más claros, pero lo que no dejaba de repetirse en su mente era ese momento en el que se alimentaba del guarda. El sentimiento de repugnancia se mezclaba con el del placer, el sabor de la sangre, de la carne fresca, los gritos; y por dentro, la sensación de que debía ser así, que no había otra solución. Que cuando los muertos se levantan tiene que haber alguien que ocupe sus lugares. Todo esto había sucedido un mes antes. Se había mantenido desde entonces con animales que había ido encontrando por las noches en las calles de alrededor. Al principio, con un par de gatos o alguna rata grande le bastaba, pero su hambre cada vez iba a más y le costaba controlarse mientras comía. Intentaba hacerlo poco a poco, mantener su mente clara, pero cuando comenzaba a saborear la sangre era como si su mente entrara en un estado de semiconsciencia en el que su cuerpo funcionaba de forma automática y salvaje despedazando su comida. Esta era la primera vez que se iba a alimentar de carne humana y, además, delante de Alba. Ella había insistido, decía que si iban a estar juntos tenía que verlo. ¿Y si no lo soportaba? ¿Y si perdía el control y le hacía daño? Se obligó a pensar en otra cosa. Si la muerte no le había parado para estar junto a ella, tampoco lo haría la naturaleza de lo que era ahora. Se controlaría, no sabía cómo, pero lo haría.

El tomar la decisión de que parte del cuerpo iba a ser su primera comida fue más difícil de lo que pensaron. Los dos miraban detenidamente las partes del cadáver que tenían guardadas en el congelador.

-¿Qué tal si empiezas con una mano o un pie? Para ir poco a poco. -Joaquín cogió una pierna y la sopesó.

-Había pensado más en una pierna entera, por no quedarme con hambre. Hay que asegurarse.

-Hay que contenerse, Joaquín, que esto no sale barato.-Estiró la mano para quitarle el trozo de cuerpo, y justo cuando lo tocó escucho un sonido que salía del pecho de Joaquín. Tenía la misma cadencia de un motor, pero sonaba a algo más animal. Con miedo, apartó la mano de la pierna cortada y miró a Joaquín. Su cara se había transformado en una máscara inhumana, de su boca chorreaba saliva y sus ojos vacíos la miraban sin mirarla, pero con una expresión de odio patente. Mientras Alba se apartaba, los ojos de él parecieron enfocarse y le habló con una voz casi irreconocible, casi animal.

-Nena… creo que va siendo hora… no aguantaré mucho más.- Y sin decir más se empezó a mover, andando de cierta forma rígida e incierta, hacia el comedor. Alba le seguía, manteniendo un poco de distancia.

Allí estaba todo preparado. Habían apartado todos los muebles de una de las paredes de la habitación. En ella solo había una cadena de un metro enganchada a la pared y al final de la cadena, una correa de cuero ancho reforzada con una lamina de acero en el exterior. Joaquín le dio la pierna a Alba y se puso él mismo la correa, dando un par de tirones fuertes de la cadena para asegurarse de que era resistente. Alba le devolvió la extremidad y se apartó lo suficientemente lejos. Él miro la pierna y luego la miró a ella fijamente.

-¿Estás segura de esto, nena?

-Sí, -respondió- lo estoy.-Y para dar más énfasis a su afirmación cogió una silla y se sentó. Joaquín noto la duda en sus ojos. Por un momento pensó en aguantar su hambre y hacerlo cuando estuviera solo, pero ella tenía razón, ella tenía que ver en lo que se había convertido y comprobar si estaba dispuesta a vivir con ello.

-Te quiero, mi vida.-Le dijo, antes de dar el primer mordisco.

-Y yo a ti.

Los primeros mordiscos fueron para Joaquín como el agua para el sediento. Su lengua buscaba cada resto de sangre coagulada, sus dientes, sorprendentemente fuertes, arrancaban la carne con facilidad y la tragaba sin siquiera masticarla. Trataba de contenerse pero notaba como su cerebro se iba abotargando y solo cabía el hambre irresistible de la carne. Fue consciente de mirar por última vez a Alba con pena y un último pensamiento “Lo siento” antes de hundirse en una neblina roja y comenzar a destrozar el trozo de cuerpo que tenia entre las manos. Alba miraba el espectáculo intentando mantener la calma. Sabía que no podría hacerla daño pero miraba lo que tenía delante de ella y aunque, en su corazón, sabía que dentro del ser que tenía enfrente estaba el amor de su vida sus ojos le decían que aquello solo era un monstruo que no debía existir, que no era natural. Cuando el muerto-viviente terminó con su comida volvió a mirarla, pero esta vez con los ojos vacíos de lo que era. Con lentitud se levantó hacia la carne con vida que estaba delante de él y estiró los brazos tratando de cogerla, pero la cadena se lo impidió. Ella se levantó con el semblante serio y lágrimas en los ojos. Se acercó a él, se puso delante de él, casi al alcance de sus manos. Le miraba a los ojos, buscando algo de lo que realmente había dentro. Le cogió la mano y se la besó, apartándose rápidamente para que no pudiera cogerla.

-Cariño, sé que estas ahí. Haremos que esto funcione. Conseguiremos lo que la muerte no ha hecho, estaremos juntos hasta el final.

Se giró y salió por la puerta de la habitación, cerrándola con llave. Se quedó apoyada contra ella un momento más, ya soltando las lágrimas que tanto querían salir y un único pensamiento pasaba por su mente: ‘Lo conseguiré. Lo conseguiré.’

Para Joaquín y Alba. Gracias por darme tanto en tan poco tiempo.

Acerca de El Bufón

Soy el fiel sirviente de mi señor. Un susurrador de historias, un observador de realidades algunas mas alegres y otras mas tristes. Bienvenidos a este pedazo de mi mente. Ver todas las entradas de El Bufón

Debes haber iniciado sesión para comentar.

A %d blogueros les gusta esto: