Una historia de Anansi

En fin, probablemente ya conoceréis algunos de los cuentos que hablan de Anansi, probablemente no haya nadie en todo el ancho mundo que no conozca algún cuento que hable de Anansi.

En el amanecer de los tiempos, cuando todas las historias se contaban por vez primera, Anansi era una araña. Siempre andaba metiéndose en líos y saliendo de los líos en los que se metía. ¿Recordáis el cuento del Muñeco de Alquitrán, aquel cuyo protagonista era el Hermano Conejo? Pues, en su versión original, el protagonista era Anansi. Hay gente que piensa que Anansi era un conejo. Pero se equivocan. No era un conejo. Era una araña.

Las leyendas sobre Anansi han existido desde que las gentes empezaron a contarse cuentos unas a otras. En África, donde todo comenzó, mucho antes incluso de que los hombres pintaran leones y osos en las paredes de las cavernas, la gente ya contaba historias de monos y de leones y de búfalos: grandes historias soñadas. Siempre tuvieron esa inclinación. Era su manera de darle un sentido al mundo en el que vivían. Todo aquello que corría, volaba, reptaba, nadaba o se transformaba, desfilaba por aquellas historias, y las diversas tribus humanas veneraban a diferentes criaturas.

Ya entonces, el León era el rey de los animales, y la Gacela el más veloz, y el Mono el más excéntrico, y el Tigre el más terrible, pero no era de ellos de los que la gente quería oír historias.

Anansi puso su nombre en los cuentos. Todo los cuentos eran cuentos de Anansi. En cierta ocasión, antes de que Anansi fuera el dueño de todos los cuentos, éstos pertenecían al Tigre (que es como los habitantes de las islas llaman a todos los grandes felinos), y eran tenebrosos y malvados, llenos de dolor, y ninguno de ellos tenía un final feliz. Pero aquello fue hace mucho tiempo. En la actualidad, todos los cuentos son de Anansi.

Dejadme que os cuente un cuento sobre lo que le ocurrió cuando murió su abuela. (No es ninguna tragedia: era una mujer muy, muy vieja, y se fue mientras dormía. Esas cosas pasan.) La mujer se encontraba muy lejos de casa cuando murió, de modo que Anansi cogió su carretilla y atravesó toda la isla, y al llegar al lugar en el que había muerto su abuela, recogió el cadáver, lo puso en su carretilla y emprendió el camino de regreso a casa. Quería enterrarla bajo una higuera de Bengala que había detrás de su choza.

Mientras cruzaba la aldea, después de haber cargado toda la mañana con el cadáver de su abuela, pensó: “Necesito un trago de whisky”. Así que se dirigió a la tienda, por que en aquella aldea había una tienda en la que se vendían todo tipo de cosas. El tendero era un hombre muy impaciente. Anansi entró y se bebió un vaso de whisky. Luego, bebió un poco más y pensó, “voy a gastarle una broma este tipo” y, entonces, fue y le dijo al tendero: “Ve a llevarle un poco de whisky a mi abuela, que está durmiendo afuera, en la carretilla. A lo mejor tienes que despertarla, por que tiene un sueño muy profundo”.

Así que el tendero se acercó a la carretilla con una botella y le dijo a la mujer que estaba allí tendida: “Eh, aquí tienes tu whisky”, pero la anciana no le contestó. Y el tendero, cada vez más enfadado -porque era un hombre tremendamente impaciente-, le dijo: “Levántese usted, señora, levántese y bébase el whisky de una vez”, pero ella no le respondió. Entonces, la mujer hizo algo que hacen los muertos a veces, cuando el día es muy caluroso: ventoseó ruidosamente. Bueno, el tendero se enfadó tanto con la anciana por soltarle una ventosidad en las narices, que le pegó y, luego, volvió a pegarle, y, después, le pegó por tercera vez y la mujer se cayó de la carretilla.

Anansi salió corriendo de la tienda y se puso a gemir y a llorar, y venga a lamentarse y a decir: “Mi pobre abuela está muerta, ¡mira lo que le has hecho! ¡Asesino! ¡Criminal!”. Y entonces, el tendero le dijo a Anansi: “No le cuentes a nadie lo que he hecho”, y fue y le regaló cinco botellas de whisky, y una bolsa de oro, y un saco lleno de plátano, piñas y mangos, para acallar sus lamentos y lograr que se marchara. (Porque creía que había matado a la abuela de Anansi, ¿entendéis?)De modo que Anansi se marchó de allí con su carretilla y, al llegar a casa, enterró a su abuela bajo la higuera de Bengala.

Al día siguiente el Tigre pasó por delante de la casa de Anansi y le llegó un olor a comida recién hecha. Así que entró en la choza y se encontró que Anansi se estaba dando un banquete. Anansi, qué remedio, invitó al Tigre a compartir su mesa y su comida.

El Tigre le dijo: “Hermano Anansi, ¿de dónde has sacado toda esta comida tan deliciosa? Y no me mientas. ¿De dónde has sacado esas botellas de whisky y esa gran bolsa llena de monedas de oro? Si me mientes, te arrancaré la garganta de un zarpazo”.

A lo que Anansi le contestó: “A ti no puedo mentirte, hermano Tigre. Conseguí todas esas cosas por llevar a mi abuela a la ciudad en una carretilla. El tendero me regaló todos esto por llevarle a mi abuela muerta”.

Y entonces el Tigre, que ya no tenía abuelas, pero que sí tenía una esposa que, a su vez, tenía una madre, se fue a su casa y llamó a la madre de su mujer diciendo: “Abuela, sal ahora mismo, que necesito hablar contigo”. Y la mujer salió, miró a su alrededor y le preguntó: “¿De qué se trata?”. Y el Tigre fue y la mató, a pesar de que sabía lo mucho que su esposa quería a su madre, y colocó el cadáver en una carretilla. Entonces puso a su suegra en la carretilla y se fue a la aldea, “¿Quien quiere un cadáver? – voceó-. ¿Quién quiere una abuela muerta?” Pero todos se burlaban de él, y se reían, hasta que se dieron cuenta de que estaba hablando en serio y de que no pensaba marcharse y, entonces, empezaron a tirarle fruta podrida hasta que consiguieron que el Tigre saliera corriendo.

No era la primera vez que Anansi dejaba en ridículo al Tigre, y tampoco iba a ser la última. La esposa del Tigre nunca permitió que olvidara el modo en que había asesinado a su madre. Algunos días, el Tigre pensaba que habría sido mejor no haber nacido.

Esta es una de las historias que se cuentan de Anansi. Claro que todas las historias son de Anansi. Incluso ésta:

Antaño -en los tiempos en que aún se oían las canciones que fueron cantando el mundo, cuando todavía estaban siendo cantados el firmamento, el arco iris y los océanos-, todos los animales querían tener historias que llevaran su nombre. En aquellos días, los animales -además de animales- eran personas y Anansi, la araña, los engañaba a todos, sobre todo al Tigre, porque quería que todas las historias llevaran su nombre.

Los cuentos son como las arañas, tienen largas patas, y como las telarañas, que enredan a los hombres pero resultan preciosas cuando las ves bajo una hoja con el rocío de la mañana, y, del mismo modo que los hilos de una telaraña, están todos conectados uno a uno.

¿Qué decís? ¿Queréis saber si Anansi tenía el aspecto de una araña? Pues claro que sí, excepto cuando tenía el aspecto de un hombre. No, nunca cambiaba de forma. La cosa depende sólo de cómo cuentes el cuento. Eso es todo.

Hijos de Anansi. Neil Gaiman.

Acerca de El Bufón

Soy el fiel sirviente de mi señor. Un susurrador de historias, un observador de realidades algunas mas alegres y otras mas tristes. Bienvenidos a este pedazo de mi mente. Ver todas las entradas de El Bufón

One response to “Una historia de Anansi

Debes haber iniciado sesión para comentar.

A %d blogueros les gusta esto: