Archivo mensual: enero 2009

Tribunales de Old Bailey

– Hola querida dama. Preciosa noche, ¿no es cierto? Disculpad mi intromisión. Quizá os apetecía dar un paseo. Quizá tan sólo estabais admirando la vista. No importa. Me parece hora de tener una charla vos y yo. Ahhh… Olvidaba que no hemos sido debidamente presentados. No tengo nombre. Podéis llamarme V.

-“Buenas noches, V”

– Bien. Ahora nos conocemos. De hecho, soy fan vuestro desde hace tiempo. Oh, ya sé qué estáis pensando… “El pobre chico está enamorado de mí… Típico de adolescentes.” Disculpad, señora. Pero no se trata de eso.

Os admiro desde hace tiempo… Pero a distancia. Os contemplaba desde la calle, ahí abajo, cuando era niño. Le decía a mi padre: “¿Quién es esa señora?” y él decía: “Es Madam Justicia.” Y yo decía: “Es muy bonita.” Por favor, no creais que era tan sólo físico. Sé que no sois esa clase de chica. No. Os amaba como persona. Como ideal. Eso fue hace tiempo. Me temo que ahora hay alguien mas…

– “¿Qué? ¡V! ¡Qué vergüenza! ¡Me has traicionado por una buscona, una zorra presumida de labios pintados y sonrisa experimentada!”

-¿Yo, señora? ¡Lamento contradeciros! ¡Fue vuestra infidelidad la que me empujó a sus brazos! ¡Aja! Os he sorprendido, ¿verdad? Creíais que no sabría de vuestra aventura, pero sí… lo se todo. Francamente no me sorprendí al enterarme. Siempre os gustaron los hombres de uniforme.

– “¿Uniforme? No sé de qué me estás hablando. Siempre fuiste tú, V. Tú fuiste el único…”

– ¡Mentirosa! ¡Puta! ¡Niega que le dejaste hacer lo que quiso contigo, él con sus botas y sus brazaletes negros! ¿Se te ha comido la lengua el gato?… Es lo que me temía.

Muy bien. Al fin quedas al descubierto. Ya no eres mi justicia. Ahora eres su justicia. Te has acostado con otro. ¡Bueno a ese juego podemos jugar los dos!

– “¡Sniff! ¡Sniff! ¿Q-Quien es ella, V? ¿Cómo se llama?”

– Se llama Anarquía. ¡Y me ha enseñado mas como amante que tú en toda tu vida! Me ha enseñado que la justicia no tiene sentido sin libertad. Ella es honesta. No hace ninguna promesa y no rompe ninguna. No como tú, Jezabel. Antes me preguntaba por qué nunca me mirabas a los ojos. Ahora lo sé.

Adiós, pues, querida dama. Incluso ahora me habría entristecido esta despedida, de no ser por el hecho de que ya no sois la mujer que amaba. Tomad mi último regalo. Lo dejo a vuestros pies.

Las llamas de la libertad. Qué hermosas. Qué justas. Ahh, mi preciosa Anarquía… “Oh, belleza, hasta ahora no te conocía.”

V de Vendetta
Alan Moore – David Lloyd


El gato que caminaba solo

Sucedieron estos hechos que voy a contarte, oh, querido mío, cuando los animales domésticos eran salvajes. El Perro era salvaje, como lo eran también el Caballo, la Vaca, la Oveja y el Cerdo, tan salvajes como pueda imaginarse, y vagaban por la húmeda y salvaje espesura en compañía de sus salvajes parientes; pero el más salvaje de todos los animales salvajes era el Gato. El Gato caminaba solo y no le importaba estar aquí o allá.
También el Hombre era salvaje, claro está. Era terriblemente salvaje. No comenzó a domesticarse hasta que conoció a la Mujer y ella repudió su montaraz modo de vida. La Mujer escogió para dormir una bonita cueva sin humedades en lugar de un montón de hojas mojadas, y esparció arena limpia sobre el suelo, encendió un buen fuego de leña al fondo de la cueva y colgó una piel de Caballo Salvaje, con la cola hacia abajo, sobre la entrada; después dijo:
– Límpiate los pies antes de entrar; de ahora en adelante tendremos un hogar.
Esa noche, querido mío, comieron Cordero Salvaje asado sobre piedras calientes y sazonado con ajo y pimienta silvestres, y Pato Salvaje relleno de arroz silvestre, y alholva y cilantro silvestres, y tuétano de Buey Salvaje, y cerezas y granadillas silvestres. Luego, cuando el Hombre se durmió más feliz que un niño delante de la hoguera, la Mujer se sentó a cardar lana. Cogió un hueso del hombro de cordero, la gran paletilla plana, contempló los portentosos signos que había en él, arrojó más leña al fuego e hizo un conjuro, el primer Conjuro Cantado del mundo.
En la húmeda y salvaje espesura, los animales salvajes se congregaron en un lugar desde donde se alcanzaba a divisar desde muy lejos la luz del fuego y se preguntaron qué podría significar aquello.
Entonces Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:
– Oh, amigos y enemigos míos, ¿por qué han hecho esa luz tan grande el Hombre y la Mujer en esa enorme cueva? ¿cómo nos perjudicará a nosotros?
Perro Salvaje alzó el morro, olfateó el aroma del asado de cordero y dijo:
– Voy a ir allí, observaré todo y me enteraré de lo que sucede, y me quedaré, porque creo que es algo bueno. Acompáñame, Gato.
– ¡ Ni hablar! – replicó el Gato – . Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.
– Entonces nunca volveremos a ser amigos – apostilló Perro Salvaje, y marchóse trotando hacia la cueva.
Pero cuando el Perro se hubo alejado un corto trecho, el Gato se dijo a si mismo:
– Si no me importa estar aquí o allá, ¿por qué no he de ir allí para observarlo todo y enterarme de lo que sucede y después marcharme?

De manera que siguió al Perro con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando Perro Salvaje llegó a la boca de la cueva, levantó ligeramente la piel de Caballo con el morro y husmeó el maravilloso olor del cordero asado. La Mujer lo oyó, se rió y dijo:
– Aquí llega la primera criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?
– Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo, ¿qué es eso que tan buen aroma desprende en la salvaje espesura? – preguntó Perro Salvaje.
Entonces la Mujer cogió un hueso de cordero asado y se lo arrojó a Perro Salvaje diciendo:
– Criatura salvaje de la salvaje espesura, si ayudas a mi Hombre a cazar de día y a vigilar esta cueva de noche, te daré tantos huesos asados como quieras.
– ¡Ah! – exclamó el Gato al oírla – , esta Mujer es muy sabia, pero no tan sabia como yo.
Perro Salvaje entró a rastras en la cueva, recostó la cabeza en el regazo de la Mujer y dijo:
– Oh, amiga mía y esposa de mi amigo, ayudaré a tu Hombre a cazar durante el día y de noche vigilaré vuestra cueva.
– ¡Ah! – repitió el Gato, que seguía escuchando – , este Perro es un verdadero estúpido.
Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra compañía que su salvaje soledad. Pero no le contó nada a nadie.
Al despertar por la mañana, el Hombre exclamo:
– ¿Qué hace aquí Perro Salvaje?
– Ya no se llama Perro Salvaje – le corrigió la Mujer – , sino Primer Amigo, porque va a ser nuestro amigo por los siglos de los siglos. Llévalo contigo cuando salgas de caza.
La noche siguiente la Mujer cortó grandes brazadas de hierba fresca de los prados y las secó junto al fuego, de manera que olieran como heno recién segado; luego tomó asiento a la entrada de la cueva y trenzó una soga con una piel de caballo; después se quedó mirando el hueso de hombro de cordero, la enorme paletilla, e hizo un conjuro, el segundo Conjuro Cantado del mundo.
En la salvaje espesura, los animales salvajes se preguntaban qué le habría ocurrido a Perro Salvaje. Finalmente, Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:
– Iré a ver por qué Perro Salvaje no ha regresado. Gato, acompáñame.
– ¡ Ni hablar! – respondió el Gato – . Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.
Sin embargo, siguió a Caballo Salvaje con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando la Mujer oyó a Caballo Salvaje dando traspiés y tropezando con sus largas crines, se rió y dijo:
– Aquí llega la segunda criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?
– Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo – respondió Caballo Salvaje – , ¿dónde está Perro Salvaje?
La Mujer se rió, cogió la paletilla de cordero, la observó y dijo:
– Criatura salvaje de la salvaje espesura, no has venido buscando a Perro Salvaje, sino porque te ha atraído esta hierba tan rica.
Y dando traspiés y tropezando con sus largas crines, Caballo Salvaje dijo:
– Es cierto, dame de comer de esa hierba.
– Criatura salvaje de la salvaje espesura – repuso la Mujer – , inclina tu salvaje cabeza, ponte esto que te voy a dar y podrás comer esta maravillosa hierba tres veces al día.
– ¡Ah! – exclamó el Gato al oírla – , esta Mujer es muy lista, pero no tan lista como yo.
Caballo Salvaje inclinó su salvaje cabeza y la Mujer le colocó la trenzada soga de piel en torno al cuello. Caballo Salvaje relinchó a los pies de la Mujer y dijo:
– Oh, dueña mía y esposa de mi dueño, seré tu servidor a cambio de esa hierba maravillosa.
– ¡Ah! – repitió el Gato, que seguía escuchando – , ese Caballo es un verdadero estúpido.
Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra compañía que su salvaje soledad.
Cuando el Hombre y el Perro regresaron después de la caza, el Hombre preguntó:
– ¿Qué está haciendo aquí Caballo Salvaje?
– Ya no se llama Caballo Salvaje – replicó la Mujer – , sino Primer Servidor, porque nos llevará a su grupa de un lado a otro por los siglos de los siglos. Llévalo contigo cuando vayas de caza.
Al día siguiente, manteniendo su salvaje cabeza enhiesta para que sus salvajes cuernos no se engancharan en los árboles silvestres, Vaca Salvaje se aproximó a la cueva, y el Gato la siguió y se escondió como lo había hecho en las ocasiones anteriores; y todo sucedió de la misma forma que las otras veces; y el Gato repitió las mismas cosas que había dicho antes, y cuando Vaca Salvaje prometió darle su leche a la Mujer día tras día a cambio de aquella hierba maravillosa, el Gato se alejó por la salvaje y húmeda espesura, caminando solo como era su costumbre.
Y cuando el Hombre, el Caballo y el Perro regresaron a casa después de cazar y el Hombre formuló las mismas preguntas que en las ocasiones anteriores, la Mujer dijo:
– Ya no se llama Vaca Salvaje, sino Donante de Cosas Buenas. Nos dará su leche blanca y tibia por los siglos de los siglos, y yo cuidaré de ella mientras vosotros tres salís de caza.
Al día siguiente, el Gato aguardó para ver si alguna otra criatura salvaje se dirigía a la cueva, pero como nadie se movió, el Gato fue allí solo, y vio a la Mujer ordeñando a la Vaca, y vio la luz del fuego en la cueva, y olió el aroma de la leche blanca y tibia.
– Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo – dijo el Gato – , ¿a dónde ha ido Vaca Salvaje?
La Mujer rió y respondió:
– Criatura salvaje de la salvaje espesura, regresa a los bosques de donde has venido, porque ya he trenzado mi cabello y he guardado la paletilla, y no nos hacen falta más amigos ni servidores en nuestra cueva.
– No soy un amigo ni un servidor – replicó el Gato – . Soy el Gato que camina solo y quiero entrar en vuestra cueva.
– ¿Por qué no viniste con Primer Amigo la primera noche? – preguntó la Mujer.
– ¿Ha estado contando chismes sobre mí Perro Salvaje? – inquirió el Gato, enfadado.
Entonces la Mujer se rió y respondió:
– Eres el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No eres un amigo ni un servidor. Tú mismo lo has dicho. Márchate y camina solo por cualquier lugar.
Fingiendo estar compungido, el Gato dijo:
– ¿Nunca podré entrar en la cueva? ¿Nunca podré sentarme junto a la cálida lumbre? ¿Nunca podré beber la leche blanca y tibia? Eres muy sabia y muy hermosa. No deberías tratar con crueldad ni siquiera a un gato.
– Que era sabia no me era desconocido, mas hasta ahora no sabía que fuera hermosa. Por eso voy a hacer un trato contigo. Si alguna vez te digo una sola palabra de alabanza, podrás entrar en la cueva.
– ¿Y si me dices dos palabras de alabanza? – preguntó el Gato.
– Nunca las diré – repuso la Mujer – , mas si te dijera dos palabras de alabanza, podrías sentarte en la cueva junto al fuego.
– ¿Y si me dijeras tres palabras? – insistió el Gato.
– Nunca las diré – replicó la Mujer – , pero si llegara a decirlas, podrías beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos.
Entonces el Gato arqueó el lomo y dijo:
– Que la cortina de la entrada de la cueva y el fuego del rincón del fondo y los cántaros de leche que hay junto al fuego recuerden lo que ha dicho mi enemiga y esposa de mi enemigo – y se alejó a través de la salvaje y húmeda espesura meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su propia y salvaje soledad
Por la noche, cuando el Hombre, el Caballo y el Perro volvieron a casa después de la caza, la Mujer no les contó el trato que había hecho, pensando que tal vez no les parecería bien.
El Gato se fue lejos, muy lejos, y se escondió en la salvaje v húmeda espesura sin más compañía que su salvaje soledad durante largo tiempo, hasta que la Mujer se olvidó de él por completo. Sólo el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que colgaba del techo de la cueva sabía dónde se había escondido el Gato y todas las noches volaba hasta allí para transmitirle las últimas novedades.
Una noche el Murciélago dijo:
– Hay un Bebé en la cueva. Es una criatura recién nacida, rosada, rolliza y pequeña, y a la Mujer le gusta mucho.
– Ah – dijo el Gato, sin perderse una palabra – , pero ¿qué le gusta al Bebé?
– Al Bebé le gustan las cosas suaves que hacen cosquillas – respondió el Murciélago – . Le gustan las cosas cálidas a las que puede abrazarse para dormir Le gusta que jueguen con él. Le gustan todas esas cosas.
– Ah – concluyó el Gato – , entonces ha llegado mi hora.
La noche siguiente, el Gato atravesó la salvaje y húmeda espesura y se ocultó muy cerca de la cueva a la espera de que amaneciera. Al alba, la mujer se afanaba en cocinar y el Bebé no cesaba de llorar ni de interrumpirla; así que lo sacó fuera de la cueva y le dio un puñado de piedrecitas para que jugara con ellas. Pero el Bebé continuó llorando.
Entonces el Gato extendió su almohadillada pata y le dio unas palmaditas en la mejilla, y el Bebé hizo gorgoritos; luego el Gato se frotó contra sus rechonchas rodillas y le hizo cosquillas con el rabo bajo la regordeta barbilla. Y el Bebé rió; al oírlo, la Mujer sonrío.
Entonces el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que estaba colgado a la entrada de la cueva dijo:
– Oh, anfitriona mía, esposa de mi anfitrión v madre de mi anfitrión, una criatura salvaje de la salvaje espesura está jugando con tu Bebé y lo tiene encantado.
– Loada sea esa criatura salvaje, quienquiera que sea – dijo la Mujer enderezando la espalda – , porque esta mañana he estado muy ocupada y me ha prestado un buen servicio.
En ese mismísimo instante, querido mío, la piel de caballo que estaba colgada con la cola hacia abajo a la entrada de la cueva cayó al suelo… ¡Cómo así!… porque la cortina recordaba el trato, y cuando la Mujer fue a recogerla… ¡hete aquí que el Gato estaba confortablemente sentado dentro de la cueva!
– Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo – dijo el Gato – , soy yo, porque has dicho una palabra elogiándome y ahora puedo quedarme en la cueva por los siglos de los siglos. Mas sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
Muy enfadada, la Mujer apretó los labios, cogió su rueca y comenzó a hilar.
Pero el Bebé rompió a llorar en cuanto el Gato se marchó; la Mujer no logró apaciguarlo y él no cesó de revolverse ni de patalear hasta que se le amorató el semblante.
– Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo – dijo el Gato – , coge una hebra del hilo que estás hilando y átala al huso, luego arrastra éste por el suelo y te enseñaré un truco que hará que tu Bebé ría tan fuerte como ahora está llorando.
– Voy a hacer lo que me aconsejas – comentó la Mujer – , porque estoy a punto de volverme loca, pero no pienso darte las gracias.
Ató la hebra al pequeño y panzudo huso y empezó a arrastrarlo por el suelo. El Gato se lanzó en su persecución, lo empujó con las patas, dio una voltereta y lo tiró hacia atrás por encima de su hombro; luego lo arrinconó entre sus patas traseras, fingió que se le escapaba y volvió a abalanzarse sobre él. Viéndole hacer estas cosas, el Bebé terminó por reír tan fuerte como antes llorara, gateó en pos de su amigo y estuvo retozando por toda la cueva hasta que, ya fatigado, se acomodó para descabezar un sueño con el Gato en brazos.
– Ahora – dijo el Gato – le voy a cantar A Bebé una canción que le mantendrá dormido durante una hora.
Y comenzó a ronronear subiendo y bajando el tono hasta que el Bebé se quedó profundamente dormido. contemplándolos, la Mujer sonrió y dijo:
– Has hecho una labor estupenda. No cabe duda de que eres muy listo, oh, Gato.
En ese preciso instante, querido mío, el humo de la fogata que estaba encendida al fondo de la cueva descendió desde el techo cubriéndolo todo de negros nubarrones, porque el humo recordaba el trato, y cuando se disipó, hete aquí que el Gato estaba cómodamente sentado junto al fuego.
– Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo – dijo el Gato – , aquí me tienes, porque me has elogiado por segunda vez y ahora podré sentarme junto al cálido fuego del fondo de la cueva por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
Entonces la Mujer se enfadó mucho, muchísimo, se soltó el pelo, echó más leña al fuego, sacó la ancha paletilla de cordero y comenzó a hacer un conjuro que le impediría elogiar al Gato por tercera vez. No fue un Conjuro Cantado, querido mío, sino un Conjuro Silencioso; y, poco a poco, en la cueva se hizo un silencio tan profundo que un Ratoncito diminuto salió sigilosamente de un rincón y echó a correr por el suelo.
– Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo – dijo el Gato – , ¿forma parte de tu conjuro ese Ratoncito?
– No – repuso la Mujer, y, tirando la paletilla al suelo, se encaramó a un escabel que había frente al fuego y se apresuró a recoger su melena en una trenza por miedo a que el Ratoncito trepara por ella.
– ¡Ah! – exclamó el Gato, muy atento – , entonces ¿el Ratón no me sentará mal si me lo zampo?
– No – contestó la Mujer, trenzándose el pelo – ; zámpatelo ahora mismo y te quedaré eternamente agradecida.
El Gato dio un salto y cayó sobre el Ratón.
– Un millón de gracias, oh, Gato – dijo la Mujer – . Ni siquiera Primer Amigo es lo bastante rápido para atrapar Ratoncitos como tú lo has hecho. Debes de ser muy inteligente.
En ese preciso instante, querido mío, el cántaro de leche que estaba junto al fuego se partió en dos pedazos… ¿Cómo así?… porque recordaba el trato, y cuando la Mujer bajó del escabel… ¡hete aquí que el Gato estaba bebiendo a lametazos la leche blanca y tibia que quedaba en uno de los pedazos rotos!
– Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo – dijo el Gato – , aquí me tienes, porque me has elogiado por tercera vez y ahora podré beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
Entonces la Mujer rompió a reír, puso delante del Gato un cuenco de leche blanca y tibia y comentó:
– Oh, Gato, eres tan inteligente como un Hombre, pero recuerda que ni el Hombre ni el Perro han participado en el trato y no sé qué harán cuando regresen a casa.
– ¿Y a mi qué más me da? – exclamó el Gato – . Mientras tenga un lugar reservado junto al fuego y leche para beber tres veces al día me da igual lo que puedan hacer el Hombre o el Perro.
Aquella noche, cuando el Hombre y el Perro entraron en la cueva, la Mujer les contó de cabo a rabo la historia del acuerdo, y el Hombre dijo:
– Está bien, pero el Gato no ha llegado a ningún acuerdo conmigo ni con los Hombres cabales que me sucederán.
Se quitó las dos botas de cuero, cogió su pequeña hacha de piedra (y ya suman tres) y fue a buscar un trozo de madera y su cuchillo de hueso (y ya suman cinco), y colocando en fila todos los objetos, prosiguió:

– Ahora vamos a hacer un trato. Si cuando estás en la cueva no atrapas Ratones por los siglos de los siglos, arrojaré contra ti estos cinco objetos siempre que te vea y todos los Hombres cabales que me sucedan harán lo mismo.
– Ah – dijo la Mujer, muy atenta – . Este Gato es muy – listo, pero no tan listo como mi Hombre.
El Gato contó los cinco objetos (todos parecían muy contundentes) y dijo:
– Atraparé Ratones cuando esté en la cueva por los siglos de los siglos, pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
– No será así mientras yo esté cerca – concluyó el Hombre – . Si no hubieras dicho eso, habría guardado estas cosas (por los siglos de los siglos), pero ahora voy arrojar contra ti mis dos botas y mi pequeña hacha de piedra (y ya suman tres) siempre que tropiece contigo, y lo mismo harán todos los Hombres cabales que me sucedan.
– Espera un momento – terció el Perro – , yo todavía no he llegado a un acuerdo con él – sentóse en el suelo, lanzando terribles gruñidos y enseñando los dientes, y prosiguió – : Si no te portas bien con el Bebé por los siglos de los siglos mientras yo esté en la cueva, te perseguiré hasta atraparte, y cuando te coja te morderé, y lo mismo harán todos los Perros cabales que me sucedan.
– ¡Ah! – exclamó la Mujer; que estaba escuchando – . Este Gato es muy listo, pero no es tan listo como el Perro.
El Gato contó los dientes del Perro (todos parecían muy afilados) y dijo:
– Me portaré bien con el Bebé mientras esté en la cueva por los siglos de los siglos, siempre que no me tire del rabo con demasiada fuerza. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
– No será así mientras yo esté cerca – dijo el Perro – . Si no hubieras dicho eso, habría cerrado la boca por los siglos de los siglos, pero ahora pienso perseguirte y hacerte trepar a los árboles siempre que te vea, y lo mismo harán los Perros cabales que me sucedan.

A continuación, el Hombre arrojó contra el Gato sus dos botas y su pequeña hacha de piedra (que suman tres), y el Gato salió corriendo de la cueva perseguido por el Perro, que lo obligó a trepar a un árbol; y desde entonces, querido mío, tres de cada cinco Hombres cabales siempre han arrojado objetos contra el Gato cuando se topaban con él y todos los Perros cabales lo han perseguido, obligándolo a trepar a los árboles. Pero el Gato también ha cumplido su parte del trato. Ha matado Ratones y se ha portado bien con los Bebés mientras estaba en casa, siempre que no le tirasen del rabo con demasiada fuerza. Pero una vez cumplidas sus obligaciones y en sus ratos libres, es el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá, y si miras por la ventana de noche, lo verás meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su salvaje soledad… como siempre lo ha hecho.

– por Rudyard Kipling –


Una de moralejas

LECCION UNO:
Un pollito amarillo se encontraba en el campo paseando distraídamente cuando de repente apareció un gavilán que lo empezó a sobrevolar con la intención de comérselo. Al darse cuenta de su situación, el pollito se refugio debajo de una vaca y le pidió ayuda:
– “Señora vaquita, señora vaquita, por favor protéjame del gavilán”.
La vaca muy amable hizo caca encima del pollito con la intención de esconderlo del ave de rapiña.
Cuando el pollito se vio sumergido en la mierda, disgustado sacó la cabeza de la misma en busca de luz, al asomarse afuera lo vio el gavilán quien inmediatamente lo sacó de la mierda y se lo comió.

Moraleja #1:
No todo el que te llena de mierda es tu enemigo.

Moraleja #2:
No todo el que te saca de la mierda es tu amigo.

Moraleja #3:
Si estas de mierda hasta la coronilla, no digas ni pío.

LECCION DOS:
Un cuervo estaba sentado en un árbol, sin hacer nada todo el día. Un pequeño conejo se dio cuenta de esto y le preguntó:
– ¿Puedo sentarme como tu y pasarme todo el día sin hacer nada?
– El cuervo respondió: “Claro, ¡porque no!
El conejo se sentó en el suelo, y descansó. Repentinamente, apareció un lobo, saltó encima del conejo y se lo comió.

Moraleja #4:
Para estar sentado sin hacer nada, debes estar muy, muy alto.

LECCION TRES:
Un pavo estaba hablando con un toro:
– Me gustaría poder treparme al tope de ese árbol, pero no tengo energías” decía.
– ¿Bien, porque no pruebas un poco de mi mierda??, dijo el toro. Están llenas de nutrientes.
El pavo probo un poco de la mierda, y noto que realmente le dio suficiente fuerza para alcanzar la primera rama del árbol.
Al siguiente día, después de comer otro poco de mierda, alcanzo la segunda rama.
Finalmente, después de dos semanas, el estaba orgullosamente trepado en el tope del árbol.
Mas tarde, sin embargo, el pavo fue repentinamente tumbado del árbol por un campesino, que le disparo.

Moraleja #5:
Puedes llegar al tope a base de pura mierda, pero ella no te mantendrá ahí…


Mis ideas en la pared

Nadie se fijaba en él mientras se preparaba. Quizá alguna que otra persona se giraba al verlo maquillarse cansadamente, los que pasaban a su lado lo esquivaban como si fuera cualquier bulto tirado en la calle, pero tampoco era algo que le preocupase. Sabía que para el mundo era invisible, mientras él quisiera que fuera así. Sólo existía para mí, el único testigo consciente de su última actuación.

 

 

En este mundo hay dos tipos de ciegos, los peores de todos son aquéllos que no quieren ver. Aprovéchate de ellos”, me decía siempre enganchado a alguna botella de cerveza. Siempre se definió como un cobarde de ideas revolucionarias y en su última actuación había decidido pasar al ataque y mostrar esas ideas al mundo.

 

 

Terminó de arreglar su viejo y raído traje de rombos blancos y negros, se colocó su sombrero de cascabeles y se subió a un viejo cajón de madera que utilizaba como maleta para llevar todos sus artilugios. Encima del cajón observaba a la gente esperando alguna respuesta pero nadie lo estaba mirando. Siguió a algunas personas haciéndoles burla pero todas huían asustadas, empezó a hacer cabriolas y volteretas pero seguían sin hacerle el más mínimo caso. Se paró en medio de la calle y con cara de enfado se giró hacia su cajón, sacó dos bocinas de gas y subiéndose a él las accionó al mismo tiempo haciendo un ruido atronador y consiguiendo así llamar la atención de todos cuantos pasaban a su alrededor. –Perdonen mis métodos pero necesitaba llamar su atención. Permítanme que me presente: soy un bufón. Veo en sus rostros que esta afirmación es evidente e igualmente estúpida, pero al no tener nombre es la única manera en la que me puedo presentar. Sin más dilación, espero que me regalen un poco de su tiempo y así poder mostrarles un poco de mi arte-. Y sin previo aviso la caja se movió haciendo que tropezara y cayera al suelo de bruces. La gente se arremolinó con cara de asombro ante semejante golpe pero él sin avisar pegó un salto y se puso de pie. Todo el mundo lo miraba con cara de asombro hasta que entendieron la broma y empezaron las carcajadas.

 

 

Somos capaces de las más grandes maravillas, de realizar auténticas proezas. Pero desde pequeños nos meten tanta mierda en la cabeza que no somos capaces ni de saber quiénes somos realmente“.

 

 

Tenía a la gente extasiada con sus malabarismos y sus bromas. Estaba en su pleno apogeo. Durante 40 minutos estuvo haciendo trucos de magia, malabarismos, figuras con globos… todo el repertorio completo. Mientras recibía los aplausos finales subió al cajón y se dispuso a dar un gran discurso: –Señoras y señores, antes de mi gran número me gustaría decir unas últimas palabras. Somos la más imperfecta de las creaciones. Todos y cada uno de nosotros vamos pasando cada uno de nuestros días desperdiciando oportunidades de hacer realidad todos nuestros sueños. Perdemos la oportunidad de hacer felices a personas que ni siquiera conocemos pero sólo nosotros, por un azar del destino, somos capaces de hacerlo. Sin embargo, día tras día, momento tras momento, seguimos mirándonos el ombligo. Se empeñan en borrar nuestra propia voluntad, en que seamos uno más del rebaño haciéndonos olvidar que todos y cada uno de nosotros somos individuos únicos y maravillosos-.

 

 

La cara de la gente era un auténtico cuadro. La mayor parte de ellos lo miraba con extrañeza y el resto se movían impacientes esperando a que terminara para ver ese gran número. Él vio todo eso en sus rostros. Vio como todos ellos buscaban la diversión sin importarles ni una sola de sus palabras. Su cara cambió a la total depresión. Se dio cuenta de que ninguno de ellos cambiaría, no antes de ver el número final.

 

 

Señoras y señores, perdonen las palabras de este estúpido y viejo bufón. Ahora les deleitaré con mi gran número final-. Todos aplaudieron eufóricos. –Desde hace tiempo he de decirles que encuentro cierto placer en la pintura y he llegado a perfeccionar mi arte hasta ser capaz de realizar una obra en unos pocos segundo. En un momento voy a plasmarles mis ideas en esta pared que tengo a mi espalda-. Tras recibir las ovaciones pertinentes, bajó del cajón y buscó dentro sus herramientas.

 

 

La gente no cambia nunca…“. Se levantó, se giró y mostró la más terrible y real de sus caras. “…sólo si los llevas a una situación extrema…“. Levantó el brazo mostrando una pistola y se la llevó a la boca. “…son capaces de vislumbrar la posibilidad de otro mundo posible”. Echó la cabeza hacia atrás y, sin más ceremonias, apretó el gatillo.

 

 

Literalmente plasmó sus ideas en la pared. Después de los gritos y las llamadas de socorro la gente no dejaba de mirar el cadáver. Pude ver cómo todos y cada uno de ellos cambiaba. Les habían dado con la realidad en la cara y desde ese momento ya no volverían a ser los mismos. Vi sus caras y supe que si mi amigo, “el bufón”, pudiera ver lo que había conseguido se reiría de su última broma. Y sobre todo, de ver cómo esas caras mostraban la conmoción de haber visto la realidad de una vez por todas.

 

 

Luciana – El viejo variete

Escrito por Andres Castellanos “El Duque” y corregido por Roberto de la Fuente “Roth”


La rana y el escorpion

Cuenta un relato popular africano que en las orillas del río Níger, vivía una rana muy generosa.

Cuando llegaba la época de las lluvias ella ayudaba a todos los animales que se encontraban en problemas ante la crecida del rio.

Cruzaba sobre su espalda a los ratones, e incluso a alguna nutritiva mosca a la que se le mojaban las alas impidiéndole volar. Pues su generosidad y nobleza no le permitían aprovecharse de ellas en circunstancias tan desiguales.

También vivia por allí un escorpión, que cierto día le suplicó a la rana: «Deseo atravesar el río, pero no estoy preparado para nadar. Por favor, hermana rana, llévame a la otra orilla sobre tu espalda»

La rana, que había aprendido mucho durante su larga vida llena de privaciones y desencantos, respondió enseguida: «¿Que te lleve sobre mi espalda? ¡Ni pensarlo! ¡Te conozco lo suficiente para saber que si te subo a mi espalda, me inyectarás un veneno letal y moriré!»

El inteligente escorpión le dijo: «No digas estupideces. Ten por seguro que no te picaré. Porque si así lo hiciera, tú te hundirías en las aguas y yo, que no sé nadar, perecería ahogado»

La rana se negó al principio, pero la incuestionable lógica del escorpión fueron convenciéndola… y finalmente aceptó. Lo cargó sobre su resbaladiza espalda, donde él se agarró, y comenzaron la travesía del río Níger.

Todo iba bien. La rana nadaba con soltura a pesar de sostener sobre su espalda al escorpión. Poco a poco fue perdiendo el miedo a aquel animal que llevaba sobre su espalda.

Llegaron a mitad del río. Atrás había quedado una orilla. Frente a ellos se divisaba la orilla a la que debían llegar. La rana, hábilmente sorteó un remolino…

Fue aquí, y de repente, cuando el escorpión picó a la rana. Ella sintió un dolor agudo y percibió cómo el veneno se extendía por todo su cuerpo. Comenzaron a fallarle las fuerzas y su vista se nubló. Mientras se ahogaba, le quedaron fuerzas para gritarle al escorpión:
«¡Lo sabía!. Pero… ¿Por qué lo has hecho?»

El escorpión respondió: «No puedo evitarlo. Es mi naturaleza»

Y juntos desaparecieron en medio del remolino mientras se ahogaban en las profundas
aguas del río Níger.


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